Periódico La Jornada
Lunes 4 de noviembre de 2013, p. 7
Mirando hacia adelante, más con el corazón que con sus
ojos,
que han perdido gradualmente la visión debido a un
tumor cerebral, el maestro
Alberto Patishtán, liberado
luego de 13 años de prisión injusta, mide las
grandes tareas
que aún están pendientes para sanear el sistema judicial y
evitar que, como él calcula, sigan encarcelados al menos la
mitad de los
presos en todas las cárceles del país, que sólo
están de pilón, acusados sin
pruebas, inocentes pagando
los delitos de otros por la ceguera de las
autoridades.
En entrevista con La Jornada, habla de los
reos que
conoció en los penales por donde pasó su primera juventud:
¿Cómo me voy
a olvidar de ellos si yo mismo viví la cárcel
injusta?
Como el caso de Alejandro Díaz Santiz, tzotzil como él, de
Mitontic, quien lleva 15 años y le faltan otros 15 en el
Cereso 5, de San
Cristóbal. Fue detenido y juzgado en
Veracruz, acusado de haber matado a su
propio hijo.
Díaz sostiene su inocencia y señala a otro como el
homicida, pero
su declaración no fue tomada en cuenta
Tuvo traductor, pero náhuatl. Y
dicen que su juicio fue justo.
¡Qué mentira! Casi un Gandhi por su discurso no violento y
su
espiritualidad, a sus 42 años Patishtán insiste en la
entrevista: “Parece
imposible cambiar las cosas, pero se
debe poder. La autoridad habla de justicia
y democracia y
todas esas cosas, pero no es así. Si ellos dejaran toda la
ambición que tienen, si limpiaran su mente y tuvieran
consciencia de verdad… yo
les prestaría mis ojos para que
pudieran ver el fondo de las cosas. Creo que
sería
diferente”.
–¿Qué propone?
–Quisiera apoyar a mucha gente. Pero creo que la tarea
principal es que el propio preso comience a gritar desde
donde está. Porque si
no se identifican, si no dan a conocer
sus nombres, no se va a hacer la
conexión con la gente que
quiere apoyar desde afuera.
Y siempre, la perseverancia. Haiga calor, haiga frío,
haiga
hambre o no, acompañado o sin compañía, siempre hay
que tener
perseverancia.
Que no se repita la misma historia
Indígena tzotzil, maestro para más señas, adherente de un
movimiento de resistencia, le cayó encima la fabricación de
pruebas del
homicidio de siete policías estatales en 2000,
en una comunidad remota en Los
Altos de Chiapas.
Sentenciado a 60 años de prisión, Patishtán era candidato
ideal para permanecer tras las rejas hasta el fin de su vida.
En lugar de eso
se convirtió en el rostro de un amplio
movimiento de solidaridad que empezó con
un pequeño
colectivo, el Ik, el cual creció hasta incorporar a las
organizaciones de derechos humanos de México y el
mundo con alguna presencia en
el tema indígena.
–Usted decía que si acaso es un símbolo, lo es de lo que
falta por hacer. ¿Qué falta?
–La gente puede decir ahorita no pues ya terminamos, ya
salió Patishtán y tan tan. No, falta mucho por hacer, para
que no se repita la
misma historia. Eso ya no lo vamos a
permitir. Hay muchos compañeros presos que
merecen salir
y que no salen. Ya vimos que la autoridad es inflexible, sin
conciencia.
“Cuando uno entra a una cárcel, le dicen: aquí se acabó el
derecho. Pero si uno, aun estando preso, mantiene esa
liberación propia, puede
hacer muchas cosas. El Poder
Judicial existe para aplicar la ley, pero no la
justicia; ellos
buscan a alguien que pague el delito, no al que lo cometió.
“Cuando me detuvieron les decía que usaran los avances
tecnológicos, que nos pusieran un detector de mentiras a
mí y al que me
acusaba. Yo ni sabía si existían ese tipo de
aparatos o no, pero lo decía. Pero
ni caso…”
Fue un preso indomable. Desde el primer momento, en
Cerro
Hueco, Tuxtla Gutiérrez, organizó a los presos en La
voz de la dignidad
rebelde. Para desarticular su trabajo lo
trasladaron al penal de El Amate, en
Cintalapa, donde creó
La voz del Amate. Por eso lo enviaron a un penal federal,
en, Sinaloa.
Patishtán llama a esa cárcel el cementerio de los vivos, el
único penal que conozco sin atención de salud. Encierro
toda la semana, con una
hora al aire libre, ni un reloj,
prohibido hablar, muerto todo. Hasta aprendí
el lenguaje a
señas de los sordomudos.
–Ahí ya no pudo organizar a los presos...
–Sí pude, en corto, nada más en mi celda, con mis
compañeros. Les contaba cuentitos con moralejas, porque
muchos ya se querían
morir. Y les cantaba.
Es, qué duda cabe, un hombre que mira la adversidad de
manera diferente.
“Pues sí, es lo que me enseñaron mis abuelos, Mariano y
Andrea del lado materno y Lorenzo y María, ya finada, del
lado paterno. Me
enseñaron que hay que saber escuchar
más que hablar. Por eso tenemos dos oídos
y una sola
boca. Para escuchar mucho y hablar poco.
“Me decían que hablara las cosas como son, para no
perder credibilidad, porque si no nadie va a confiar. Y me
enseñaron a poner atención
a la naturaleza. ¿Cuándo hay
que cortar en el árbol para la choza? Si se corta en
luna
creciente no funciona, sólo en luna llena no se mete la
polilla. Y cuando
las hormigas arrieras andan de prisa
acarreando su alimento, es que esa misma
semana va a
llover. Y cuando el pájaro tzuntzerek cambia su
forma de
jilguerear, así como en segunda voz, está avisando de que
algo va a
pasar. Y si pasa, quién sabe si por coincidencia o
diosidencia
…”
–¿Cómo le valieron esas enseñanzas en la cárcel?
–Podía ver al fondo de las cosas, trascender lo que se ve en
la superficie.
El zapatismo y el maestro
Tenía 23 años cuando el levantamiento zapatista. Él ya
andaba luchando, simpatizando con los compas,
entendiendo que si la gente se
levantó fue por la opresión,
por el caciquismo participó en la creación del Movimiento
del Pueblo de El Bosque y del municipio autónomo San
Juan de la Libertad,
desmantelado violentamente durante el
gobierno de Roberto Albores
Guillén, en
1998, con una masacre.
“Mi pueblo, El Bosque –dice–, no es tan grande. Tampoco
tan
chico, pero con mucha marginación. Los presidentes
municipales gobernaban como si estuvieran haciendo el
bien, pero no. Ellos siempre agarran su piscui,
su pequeño
robo, de los recursos de la gente.”
En 2000, cuando ocurrió la emboscada en la que murieron
siete policías estatales, el presidente municipal Manuel
Gómez acusó en falso a
Patishtán y otros compañeros.
–¿Qué pasó entonces en El Bosque?
–Las semillas que regalé a cada uno, pues las hicieron
producir...
–¿Cómo es eso de ser cargador de semilla?
–La semilla me la da un hombre muy conocido... mi Dios.
Me
da esas semillas y yo no las cargo, sino que tengo que
compartir. Y ahí está el
fruto, el Movimiento del Pueblo de
El Bosque, que se mantiene firme, siempre
hablando con la
verdad. No exige ni pide más de lo que necesita la gente,
sino
lo que merece. Pero desgraciadamente las autoridades
no lo ven así, no somos
bien vistos. Pero mi prisión
también hizo que la gente se solidarizara más; que la
organización, en lugar de irse para abajo, creciera por la
rabia, el coraje.
La gente sabía que era yo inocente, y lo
sabe.
–Es difícil contar cuántas marchas se organizaron en El
Bosque para exigir su libertad, ¿no?
–Desde el día que me detuvieron hicieron un plantón como
un
mes, cerraron la presidencia.
Pero luego el gobierno de Albores Guillén firmó
con ellos
una minuta para que soltaran la presidencia y me dejaran
libre, pero
faltaron a su palabra y no me liberaron. Por eso
siguieron marchando, a San
Cristóbal, a Tuxtla, hasta a la
ciudad de México, una pequeña comisión, por
escasos
recursos. Así los 13 años, hasta apenas hace pocos días.